Las actitudes en sexualidad

 

 

Comenzar una terapia sexual implica siempre un trabajo con las actitudes y un cambio de actitud por parte de la persona con respecto a su sexualidad. El cómo y el por qué son preguntas que el paciente con una disfunción sexual se va respondiendo a través de una serie de ejercicios, a través de una información veraz y a través de una desmitificación que suele acompañar al “funcionamiento normal” de nuestra respuesta sexual.

 

La educación sexual del paciente suele ser inexistente o escasa cuando se presenta en consulta y, precisamente por ello, la información es un punto clave de la terapia. Conocer cómo somos resulta imprescindible para poder diseñar una solución, y no sólo a través de la información se consigue esto. Corresponder al niño que llevamos dentro, así como respetar al padre o al adulto, será una buena base para jugar, experimentar, probar, sentir. Vivir nuestra sexualidad de una forma distinta, sana.

 

Partamos en principio de la definición y conceptualización de “actitud”. Podríamos decir que las actitudes son un conjunto de valores, creencias y/o tendencias a actuar de una determinada manera. Tienen, por tanto, componentes mentales, emocionales  y conductuales; es decir, van acompañadas de prejuicios positivos o negativos, reacciones de rechazo o aceptación o tendencias comportamentales fijas. Todas estas actitudes se conforman a raíz de nuestra experiencia y relación con el entorno (con otras personas, con diversas técnicas y con nosotros mismos), por lo que son una manera de predecir también qué nos gustará y qué tenderemos a rechazar. La buena noticia es que las actitudes se pueden modificar, y por tanto, todas aquellas actitudes que no nos favorecen o nos perjudican en relación a nuestra sexualidad.

 

 

 

 

La conformación de todas estas actitudes también debemos enmarcarlas en un contexto: la sociedad. Dicho de una forma más clara: nuestras actitudes vienen determinadas (en parte) por lo que la sociedad nos dice. Si la sociedad “dice” que el sexo es sucio, muy probablemente nuestras actitudes hacia él sean negativas; esto mismo sucede y sucedió en lo que denominamos el “Modelo clerical-represivo” imperante en nuestro país durante los años 20 del siglo pasado. El modo en que nuestros abuelos y abuelas comprendían la sexualidad estaba muy influenciado por las creencias religiosas y determinadas prohibiciones sociales. Pues bien, precisamente porque la sociedad nos influye, entender cómo lo hace hoy en día resulta una pieza fundamental en la terapia para modificar nuestras actitudes (por ejemplo a través de los estereotipos de género).

 

 

 

 

Las actitudes se formarían a través de tres conductas: la conducta cognoscitiva (consciente y personal), los vectores sociales y el marco referencial. Los vectores sociales serían los estímulos sociales, transmisores de la información propia de la cultura que, captados por nuestros sentidos crearían modelos (lo que denominamos como marco referencial). Un “marcos referencial” consiste en un conjunto de normas, de reglas sobre cómo debemos comportarnos y una serie de juicios que determinan la moralidad y la amoralidad. De la confluencia de estos tres componentes se conforman nuestras actitudes, y de ellas, tres figuras internas que podemos resumir en: un niño, un padre y un adulto (modelo explicativo denominado ‘análisis transaccional’).

 

Estas tres figuras corresponden con tres Estados del Yo y constituyen a su vez los componentes estructurales de la personalidad. Pero, ¿qué son los ‘Estados del Yo’? Básicamente es un sistema coherente de pensamientos y sentimientos manifestado a través de un patrón de conductas. A modo de resumen, diríamos que:

 

 

  • El PADRE dicta lo que SE DEBE HACER, LO QUE HAY QUE HACER. Es la figura representada por la crítica personal, la protección, que da permisos al individuo, juicios terminantes y prohibiciones (cómo debemos comportarnos socialmente).

 

  • El NIÑO consta de las necesidades que surgen naturalmente en la persona. Representa la curiosidad, el afán hedonista, la inquietud por lo nuevo y la creación artística. Dicta lo que DESEA HACER.​

 

  • El ADULTO es la figura del Yo que evalúa objetivamente la realidad, buscando información, cotejándola. Establece juicios y valoraciones justificadas y ‘trabaja’ con datos verificables. Dicta lo que CONVIENE HACER.

 

 

 

 

Estas tres figuras del Yo interactúan y también se ven influenciadas por el Marco referencial (la sociedad). Precisamente el niño, afectado por los modelos sociales y su influencia, acaba por querer cosas que antes de socializarse no quería. A este cambio de actitud le denominamos troquelado. Si seguir determinados modelos sociales nos produce malestar, necesitaremos razonar con nuestro adulto para poder ver qué nos conviene y cómo eliminar nuestro malestar. 


Ahora bien, imagino que el lector se preguntará, ¿qué relación tienen las figuras o estado del Yo con nuestra sexualidad? Basándonos en estos tres estados, los terapeutas sexuales podemos representar y ayudar a la persona a diferenciar qué desea, qué debe hacer y qué le conviene, sin que todo ello resulte un conflicto que se traduzca en una disfunción sexual. Aprender a atender a estas tres figuras implica un cambio, un cambio que consiste en identificar qué actitudes nos están produciendo un malestar e impidiendo un desarrollo sano de nuestra sexualidad y que denominamos “motivo de consulta”. 


Desatender un poco al padre (debo hacer), mirar por nuestro niño (deseo hacer) y tratarnos como adultos, sería una buena base para empezar el cambio.

 

 

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