Trastornos depresivos

 

 

Los trastornos depresivos se encuentran entre los trastornos más frecuentes por los que las personas solicitan ayuda. Esto nos puede ayudar a hacemos una idea de la gran cantidad de individuos que sufren esta patología, así como de las importantes disfunciones que se derivan de ella.

 

Los trastornos del estado de ánimo se relacionan con perturbaciones patológicas de la afectividad. Incluyen todos aquellos trastornos que poseen como característica principal una alteración del humor o del afecto, tanto si es en el sentido de la depresión como en el sentido de la manía. Esta alteración va acompañada de otros síntomas secundarios en el cambio de humor. Todos provocan una grave alteración del funcionamiento social y laboral de la persona que los presenta.

 

El estado de ánimo deprimido es una de las condiciones psicopatológicas más frecuentes. Sin embargo, el sentirse deprimido no es suficiente para diagnosticar una depresión. Hay que distinguir la depresión como síntoma, presente en la mayor parte de los cuadros psicopatológicos y en otras condiciones médicas, de la depresión como síndrome. Además del estado de ánimo (o humor) hace falta emplear otros criterios, obtener un patrón de síntomas, un síndrome. 

 

Actualmente, los trastornos depresivos se dividen en:

 

Los síntomas más frecuentes

 

 

Los síntomas de la depresión se pueden ordenar en las siguientes categorías:

 

  • Síntomas emocionales.
    • La tristeza es uno de los síntomas más frecuentes. Se manifiesta en sentimientos de abatimiento e infelicidad. En los casos más graves el paciente niega la pena y dice que es incapaz de sentir nada. Otros síntomas son la ansiedad y la inquietud. A veces es difícil separar los trastornos de ansiedad de los trastornos depresivos, muchos de los primeros dan lugar a síntomas depresivos y ambos trastornos responden a los mismos fármacos (ISRSs), por ello puede ser difícil realizar un diagnóstico diferencial entre ambos. Además, la condición psicopatológica más frecuente en el ámbito comunitario es el trastorno mixto ansioso-depresivo, incluido en la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) de la OMS. La ansiedad y la depresión pueden ser diferenciadas a nivel cognitivo y a nivel de patrones de activación corticales (cerebrales) diferenciales. Respecto al primero, en la ansiedad prevalecen los problemas atencionales mientras que en la depresión prevalecen los de memoria. En la ansiedad existe una enorme facilidad para asociar señales neutras ambiguas con reacciones de alarma-miedo. Esto en parte se debe a su gran hipervigilancia atencional y su extrema sensibilidad al peligro (siempre están escudriñando de forma automática en busca de señales de peligro). En conclusión, en la ansiedad hay un sesgo atencional que ocurre ya a nivel automático en el procesamiento de la información. De hecho, los ansiosos rinden más en pruebas atencionales (vigilancia, selección, etc.). En la depresión el sesgo está más a nivel consciente en la memoria. Están más disponibles y se activan más las mayas asociativas que comparten el estado de ánimo negativo, el sujeto recuerda e interpreta la realidad en términos de su estado de ánimo depresivo. A nivel de patrones de actividad cerebral regional, las emociones negativas que nos motivan a la inhibición-retirada para evitar el peligro (ansiedad, depresión) se asocian a la activación prefrontal derecha, mientras que las emociones positivas que nos motivan al acercamiento para conseguir reforzadores se asocian a la activación prefrontal izquierda. La falta de afecto positivo típica de la depresión tienen su correlato cerebral en el déficit de activación frontal izquierdo. Hasta aquí la diferenciación ente la ansiedad-depresión es problemática, pero veamos que ocurre en las zonas cerebrales posteriores. La depresión suprime la función hemisférica derecha parietotemporal que es la que se activa en estados de procesamiento emocional (p.ej., implicada en el procesamiento de caras), mientras que la ansiedad aumenta la  activación de esta zona.
  • Síntomas motivacionales.
    • Los pacientes se encuentran en un estado de inhibición: apatía, indiferencia, falta de interés y motivación, etc. Han dejado de disfrutar de las actividades que antes les eran placenteras, perdiendo el interés por todo. Para ellos, el hacer cosas sencillas, como levantarse de la cama, se convierten en tareas imposibles de realizar. Por ello es frecuente que se  abandonen los estudios, el trabajo, es muy difícil la toma de decisiones, etc. Al ser los niveles de energía tan bajos (catecolaminas y serotonina centrales) el coste por unidad de esfuerzo es tan grande que cuesta mucho realizar cualquier actividad.
  • Síntomas cognitivos.
    • La valoración que hace el deprimido de sí mismo y de su entorno es negativa. Hay una pérdida de autoestima y autodesprecio. Están presentes unos claros sesgos cognitivos negativos en la interpretación y valoración afectivos de la realidad y uno mismo, basados en la presencia de esquemas cognitivos (los más relevantes son los autoesquemas, sobre uno mismo) que guían la percepción e interpretación de la realidad en términos negativos. La desesperanza (visión pesimista del futuro) está siempre presente, lo que puede llevar a ideas de suicidio. Paradójicamente, el riesgo mayor de suicidio no sucede durante el momento más grave del episodio depresivo, sino unos ocho o nueve meses después de la remisión de los síntomas.
  • Síntomas físicos.
    • Son muy habituales y suelen ser uno de los motivos principales por los que se solicita ayuda de un profesional: insomnio (sobre todo terminal), aunque un pequeño porcentaje presenta hipersomnia; fatiga; pérdida de apetito y peso, aunque en algunos pacientes ambas cosas pueden aumentar; disminución del deseo sexual y alteración de la respuesta (impotencia en hombres, anorgasmia en mujeres), etc. También son muy frecuentes las molestias difusas como dolores de cabeza, estreñimiento, nauseas, etc. Estos síntomas hacen que en muchas ocasiones sean los médicos generales los primeros que reciben a estos pacientes. Parece que el patrón de síntomas de la gente que acude a un especialista es diferente de la que no lo hace. Mientras que el estado de ánimo en ambos grupos es similar, los que acuden presentan una mayor sintomatología somática. Por ello, la alteración en los síntomas somáticos podría considerarse como la línea divisoria entre la depresión “normal” y la depresión “clínica”. Muchos profesionales, sobre todo psiquiatras, sostienen que aproximadamente la mitad de las depresiones pueden presentarse de forma enmascarada, bajo la forma de una enfermedad somática. No obstante, el concepto de depresión enmascarada es confuso y es difícil de probar empíricamente.
  • Síntomas psicomotores.
    • La depresión se suele acompañar de disminución de la actividad general. Las formas graves suelen acompañarse de retardo psicomotor. Es un enlentecimiento generalizado de las respuestas motoras, el habla, los gestos, etc. En las formas más graves pueden aparecer estados de mutismo o inactividad casi totales llamados “estupor depresivo”, similar al estado catatónico esquizofrénico. También puede aparecer agitación en la que el paciente no puede estarse quieto.
  • Funcionamiento interpersonal.
    • Las relaciones interpersonales y sociales están alteradas. La depresión se asocia a rechazo de los demás en el medio donde se desenvuelve el depresivo y también se asocia a un empeoramiento del comportamiento social. Algunos depresivos tienen ya déficit previos en esta área y en otros la eficacia interpersonal disminuye como consecuencia de la depresión. Esta baja habilidad social hace que las interacciones no sean satisfactorias para los demás, asociándose a respuestas negativas de los otros. Las relaciones interpersonales son y se mantienen por un intercambio de reforzadores en las mismas. El depresivo los da en menor cantidad dado su estado, lo que hace que los demás pierdan la motivación para interactuar con él, lo que a su vez disminuye la conducta social del paciente, conduciendo a un círculo vicioso que empeora las relaciones y favorece el rechazo. El funcionamiento interpersonal inadecuado ha mostrado ser un buen predictor de un peor curso de la depresión. Por último, hay que decir que la depresión se asocia a un riesgo de morbilidad y mortalidad incrementado (en algunos estudios de hasta cuatro veces más) por diversas enfermedades, conduciendo a más muertes tempranas. Estos resultados se mantienen incluso controlando estadísticamente factores como el suicidio, toma de drogas y fármacos, sexo, presencia de enfermedades, etc. Especialmente, la depresión aumenta mucho el riesgo de muerte por causas cardiovasculares y una vez sufrido un infarto, la depresión se asocia a un pronóstico y una supervivencia mucho peor.

 

Es importante apuntar que en algunas ocasiones los síntomas del estado de ánimo pueden deberse ocasionalmente a causas orgánicas. Esto se puede sospechar por factores como una ausencia de historia familiar, un comienzo súbito, falta de respuesta al tratamiento, un estado de confusión tras la mejora de los síntomas o haber estado expuesto a factores exógenos (es decir, factores orgánicos agudos como drogas, fármacos, enfermedades del SNC, alteraciones metabólicas o endocrinas, infecciones, etc.). Si este es el caso el diagnóstico debe ser de Trastorno del estado de ánimo debido a una enfermedad médica o al uso de sustancias.

 

 

Trastorno depresivo mayor

 

 

La principal característica del trastorno depresivo mayor es la presencia en la persona, durante un período de al menos dos semanas consecutivas (aunque la mayoría de los episodios duran considerablemente más), de un estado de ánimo triste o deprimido o una pérdida acusada del interés o del placer en todas o casi todas las actividades con las que antes solía disfrutar. Además de que la persona experimente necesariamente el primer o el segundo síntoma (o ambos), para establecer el diagnóstico de trastorno depresivo mayor ha de presentar, al menos, cuatro síntomas más.

 

 

Trastorno depresivo persistente (distimia)

 

 

Este trastorno se caracteriza por un estado de ánimo depresivo persistente (la mayor parte del día, casi todos los días), aunque de menor gravedad que el trastorno depresivo mayor, que es manifestado por la persona, u observado por los demás, durante al menos dos años. En el caso de los niños y adolescentes, el estado de ánimo puede ser irritable en lugar de triste, y la duración debe ser de al menos un año. Además del estado de ánimo deprimido, para establecer el diagnóstico de trastorno depresivo persistente es necesario que la persona presente otros dos (o más) de estos síntomas:

 

  • Pérdida o aumento de apetito
  • Insomnio o hipersomnia
  • Fatiga
  • Baja autoestima
  • Dificultades para concentrarse o tomar decisiones
  • Desesperanza.

 

Además, se requiere que la persona no haya estado libre de síntomas durante más de dos meses seguidos.

 

 

Trastorno disfórico premenstrual

 

 

Los rasgos esenciales para el diagnóstico de trastorno disfórico premenstrual son:

 

  • Inestabilidad emocional
  • Irritabilidad
  • Disforia
  • Síntomas de ansiedad que ocurren repetidamente durante la fase premenstrual y remiten alrededor del inicio de la menstruación o poco tiempo después.

 

Estos síntomas pueden ir acompañados de síntomas físicos y conductuales. Además, estos síntomas han estado presente en la mayoría de los ciclos menstruales durante al menos un año, y han provocado efectos adversos   en   el   funcionamiento social o laboral de la persona.

 

  

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