Tu me criticas, yo te critico

 

 

En no pocas ocasiones he podido escuchar discusiones de pareja en mi consulta. Fuera de este ámbito, lo que también encuentro con bastante frecuencia es escuchar cómo un miembro de la pareja crítica al otro por ‘X’ motivos o por ‘Y’. Se dan situaciones en las que hombres y mujeres, de todas las orientaciones sexuales, comparten con sus amigos y amigas lo “idiota que puede llegar a ser” su pareja o lo “mucho que me saca de quicio cuando...”.

 

Hace poco, un amigo me comentaba que había observado en sus relaciones sociales que esto era más frecuente en mujeres que en hombres y me preguntaba: “¿Por qué sucede esto?”. Añadía: “Siempre que las veo a ellas hablar de sus parejas les ponen verde”. En este punto, el lector puede sentirse identificado con mi amigo y pensar que las mujeres critican más a sus parejas que los hombres cuando se encuentran con sus amigas; por otro lado, puede pensar que mi amigo se equivoca profundamente y que es a la inversa; o bien, algo intermedio: no existen diferencias entre hombres y mujeres en este sentido.

 

 

El que los miembros de la pareja se critiquen 'a espaldas del otro' es una forma de desahogarse, de buscar apoyo externo, de evitar el conflicto o un reflejo de la dificultad de la pareja para resolver los problemas de forma asertiva

 

 

Además, el lector puede fácilmente establecer las causas de por qué sucede esto. Algunas personas me han comentado hablando de este tema varias causas, como por ejemplo, que se debe a que las mujeres son más ‘criticonas’. O por ejemplo, que los hombres ‘pasan’ de todo y por eso critican menos. También he podido escuchar que “las relaciones de pareja se sustentan por el sexo”, es decir, que sería el sexo el que mantiene la chispa en la pareja, pese a no estar muy satisfechos en otras áreas de la relación. O que “muchas personas no saben estar solas, y por eso critican pero no finiquitan la relación”; o, que estas críticas sin ruptura responden a los ideales que tenemos las personas acerca de qué es una pareja y los deberías implícitos que podemos ver en nuestra sociedad: deberías tener hijos, deberías casarte, deberías tener una relación estable, deberías… 

 

Mentiría si dijera que estoy de acuerdo con cada una de las causas que he expuesto, y creo que estaría sesgando la realidad y simplificándola. El hecho cierto y objetivo es que las personas muchas veces criticamos a nuestra pareja cuando ésta no está presente. Pero, ¿qué estamos haciendo realmente? Simplemente, desahogarnos. Expresar nuestras emociones. Emociones que, quizás, no hemos expresado por diferentes motivos a nuestra pareja (miedo a una nueva discusión, miedo a que sea la gota que colma el vaso, temor a que no me comprenda, no saber cómo expresar lo que no te gusta de él/ella, etc.).

 

Imaginemos un embudo como los que utilizan los pasteleros: el embudo tiene siempre un dosificador para que la crema no salga a borbotones, de esa manera vamos dosificando la cantidad que queremos echar. La manera en que acumulamos emociones, sentimientos negativos o cosas que no nos gustan de nuestra pareja muchas veces funciona de idéntica manera. Acumulamos y vamos dosificando las emociones, nos vamos desahogando. Pero si, como muchas veces sucede, no establecemos una buena comunicación en la pareja, no establecemos unos límites dentro de la misma y los problemas se amontonan sin ser afrontados, como en un embudo pastelero, el malestar emocional nos ‘obligará’ a soltar estas emociones donde creemos que debemos hacerlo o donde creemos que podemos. Al fin y al cabo, si el dosificador se atasca o no lo abrimos y seguimos añadiendo crema, al final se romperá aunque no queramos. 

 

Y bien, ¿son las mujeres unas criticonas y los hombres unos pasotas? Esto es, ni más ni menos, que una generalización injusta, incierta y sexista (ambas). Sin embargo, es cierto que podemos encontrar unas diferencias entre ambos que explican ciertas formas de actuar.

 

 

Imagine el lector la siguiente situación: una mujer y un hombre entran en un banco a sacar dinero, con tan mala suerte de que al sacar la cartera el móvil se les cae a ambos y se rompe. Ambos reaccionan igual: comienzan a llorar. ¿Qué pensarán el resto de las personas que han visto ambas escenas? ¿Se le atribuirá los mismos motivos de por qué llora uno y otro? ¿Lo verán como adecuado en una mujer y exagerado en un hombre? Muy probablemente, sí. La manera en que se nos educa a hombres y mujeres ejerce su influencia (¡y que influencia!) en la forma de expresar las emociones. Básicamente, las mujeres presentan una mayor facilidad para expresar las emociones, y así se ha demostrado empíricamente. Ahora, decir que se estas diferencias se basan en la genética y en capacidades innatas del hombre y de la mujer es mucho decir. Ni las mujeres son unas criticonas, ni los hombres unos pasotas; simple y llanamente, se expresan de distinta manera porque así nos han educado

 

¿Y el sexo? ¿Podría ser la clave de la felicidad en pareja? El sexo puede ser algo realmente satisfactorio y maravilloso, pero como otras áreas, que sea maravilloso no implica que el resto de los problemas desaparezcan. De hecho, y bien podría ser otro artículo, es muy normal que el deseo sexual se reduzca o incluso desaparezca si hay problemas de pareja.

 

 

La terapia de pareja se basa en varias ideas y objetivos, uno de ellos es el derecho a ser felices. Todos tenemos este derecho, el problema es no saber cómo llegar a él. Puedes optar por seguir hacia adelante como si no hubiera problemas y es posible que te evites una discusión o un malestar, pero a la larga no encontrarás la felicidad que ansias con tu pareja ni percibirás cambio alguno que te haga sentir mejor. Otra opción es afrontar el problema y pasa por establecer una buena comunicación, por defender lo que no te gusta, por defender lo que quieres y lo que no, por tener una intimidad, etc. Lo que parece claro es que por mucho que yo sé lo cuente a mis amigos o amigas, al margen de las múltiples y variadas perspectivas que me pueden dar, la solución, está en mis manos, y el hecho de que haya cosas que no te gusten no significa necesariamente que tenga que ser el fin.

 

 

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