Estrés y sistema cardiovascular

 

Ante una situación concreta de estrés, en el sistema cardiovascular se producen una serie de cambios característicos mediados por la activación del SN simpático.

 

Éstos incluyen el incremento de la frecuencia cardíaca y la constricción de las arterias principales (envueltas en pequeñísimos músculos circulares inervados por esta rama del SNA), lo que provoca un inevitable aumento de la presión arterial. En particular, las arterias del sistema mesentérico, que canalizan la sangre al tracto digestivo, así como las arterias suministran a los riñones y la piel, se constriñen, facilitando el aporte sanguíneo a la musculatura y el cerebro. Por otra parte, la vasopresina u hormona antidiurética secretada en el hipotálamo vía hipófisis posterior hace que los riñones frenen la formación de orina, provocando una disminución de la eliminación de agua, efecto que aumenta el volumen sanguíneo y también con ello la presión arterial.

 

Este conjunto básico de cambios prepara al sujeto para la situación estresante que la demanda un esfuerzo especial; ahora bien, si este tipo de situaciones se repite a lo largo del tiempo, se produce un desgaste en el sistema cardiovascular que acaba degenerando en algún tipo de patología. Para comprender mejor este proceso es necesario tener en cuenta que la progresiva ramificación estructural que presenta el sistema circulatorio hace que existan múltiples puntos de bifurcación en toda la red vascular. En estos puntos la pared vascular sufre su mayor desgaste debido a que, en ellos, el torrente sanguíneo ejerce su máxima presión. La multiplicidad de las ramificaciones es tal que ninguna célula del cuerpo se halla a más de cinco células de distancia de un vaso sanguíneo (Sapolsky, 1994). Cuando esta capa de la pared vascular (u otra cualquiera) sufre algún tipo de daño, los ácidos grasos libres, los triglicéridos y el colesterol, que se vierten al torrente circulatorio ante la respuesta de estrés, se abren paso a través de estos puntos en la pared vascular adhiriéndose a ella, engrosándola y provocando el consiguiente estrechamiento de la luz del vaso. De este modo, el estrés puede facilitar la aparición de placas ateroescleróticas, compuestas por grasas, amidones, células espumosas, etc., por debajo de la cara interna de los vasos sanguíneos.

 

En este estado de cosas, especialmente tres órganos corporales, el corazón, el cerebro y los riñones, pueden, a su vez, sufrir importantes patologías, como son la angina de pecho, el infarto de miocardio, la insuficiencia renal o la trombosis cerebral, siendo situaciones puntuales de estrés, entre otros factores, las que pueden desencadenar tales accidentes.

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio Recomendar esta página Recomendar esta página
© Psicología Enrique Santos / 659827222 / info@psicologiaenriquesantos.es

Llamar

E-mail

Cómo llegar