Anoche tuve un sueño

 

“Anoche tuve un sueño” decía Martin Luther King el 28 de agosto de 1963 sobre su deseo de que las personas de tez negra y blanca pudieran coexistir en paz, desde el respeto y la dignidad, desde la igualdad.


Anoche tuve un sueño: soñé que las personas podíamos respetarnos a nosotras mismas, que podíamos aceptar aquello que sentíamos. Anoche soñé que no hacíamos de juez con nuestros sentimientos. En otras palabras, anoche soñé que todos podíamos respetar lo que sentimos, aceptarlo y dejarlo ir…

 

 

A menudo las emociones y lo que sentimos se guarda, se queda en nosotros, con la consecuente sensación de estar reprimiendo las cosas, las ideas, las sensaciones; a menudo sentimos que nos presionamos y que guardamos aquello que necesitamos soltar, sintiendo lo que llamamos ansiedad. Parece mentira que siendo humanos nos neguemos a considerar nuestra sensibilidad un regalo, porque cuando la sensibilidad es considerada un problema es como si nos dieran un regalo envuelto y no le quitásemos el envoltorio. Es como si el regalo se convirtiera en una condena de la que no puedes disfrutar…

 

Nuestras emociones no son "buenas" o "malas"

Como te sientes, puedes evaluarlo en base a esas etiquetas pero el resultado será dañino para ti,

aumentando tu ansiedad o no tolerando tu tristeza

        

También a menudo solemos preguntar a las personas “¿cómo estás?”, independientemente de que nos importe, independientemente de que nos sean importantes o significativas e independientemente de que podamos o queramos hacer algo con la respuesta. Parece ser que esperamos dos respuestas: “bien” o “mal”. Y más bien parece que esperemos más la primera que la segunda.

 

 

Desde luego esto no tendría sentido para con los demás (el esperar a la pregunta una simple respuesta de “mal” o “bien”) si no lo aplicásemos para con nosotros mismos, así que podemos decir que partimos de una base coherente, congruente: trato mis sentimientos como trato los de los demás. El problema viene cuando para tratar cómo nos sentimos aplicamos el mismo mecanismo que para tratar lo que sienten los demás. Me explico: un adjetivo es un complemento del sustantivo para calificarlo, para evaluarlo y actuar en consecuencia. “Hombre bueno” nos dice cómo es el hombre, “siento mal” nos dice cómo tratamos lo que sentimos; como un daño, una ofensa, una desgracia o incluso una enfermedad. ¿Pero cómo sabemos que lo que sentimos está “mal” o “bien”? ¿La realidad sobre lo que sentimos es binaria? ¿Somos computadores? Y es más, ¿cómo nos afecta tratar así lo que sentimos?

 

 

Cada uno que saque sus conclusiones, lo que sí parece obvio es que “mal” y “bien” no son sentimientos ni emociones.  

 

Una amiga nos cuenta que su pareja “le ha dejado” y que “se encuentra mal”, y que “debería haber superado ya todo lo que pasó”. ¿Se ve? Es el efecto del juicio sobre nuestras emociones…
         

De primeras nuestra amiga nos cuenta lo sucedido, de segundas nos califica que cómo se siente no debiera ser así, y de terceras se deriva una consecuencia: no acepta y juzga como “erróneo” el hecho de que pueda sentirse triste, nostálgica, melacólica. Nuestra amiga se está, básicamente, presionando. Lo vemos más claro cuando se trata de nuestra amiga o amigo, pero, ¿y con nosotros mismos? ¿Nos presionamos? ¿Nos decimos que no debiéramos sentir lo que sentimos? ¿Actuamos para con nosotros como si de un juez se tratara?

 

 

            Lo cierto es que si, que nos rodea con un manto de cotidianidad en las conversaciones, que nos influye interpretando las cosas en blancos y negros, en feliz e infeliz, y en una sociedad que prima por encima de todo el DEBER DE SER FELIZ el resultado innegable son consultas de psicólogos inundadas por personas frustradas por cómo se sienten, que conciben la felicidad como la ausencia del sufrimiento, que no aceptan como un regalo su dolor; y que, finalmente, no son conscientes de que el resultado de la asociación entre sentirse frustrados por cómo se sienten y presionarse por sentirse "bien" es una forma de tratar lo que sentimos como a una persona que no apreciamos o que incluso despreciamos.


            Anoche tuve un sueño… soñé que nos considerábamos tan importantes que podíamos expresar lo que sentimos por alguien, soñé que no nos considerábamos tan raros para expresar lo que sentimos, soñé que no nos consideramos a nosotros mismo “malos” por mirar por nosotros algunas veces, soñé que no nos sentíamos culpables y soñé que nos sentíamos valientes. Soñé que podíamos denunciar las injusticias, las agresiones sexuales y los abusos físicos. Ahora me voy a trabajar…

 

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